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Picado de Blas. La arquitectura, experimentación y posicionamiento ético

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Al reflexionar sobre el origen de su vocación, Rubén Picado y María José de Blas, arquitectos y docentes universitarios, lo asocian directamente con su manera de relacionarse con la memoria. “Las vocaciones son consecuencia de las aficiones. Nos encanta ‘coleccionar espacios en la memoria’; incluso el recuerdo más infantil que se tiene está asociado a un espacio. Esa colección la seguimos descubriendo juntos, desde que nos conocimos al inicio de la carrera. Es un itinerario de referencias vividas que nos modelan y sin duda condicionan nuestros procesos de diseño”.

Una afición que no proviene de una tradición familiar, pues, “en ninguna de nuestras familias había arquitectos, lo cual no significa que no influyeran sus miradas de apoyo constante. La andadura sigue siendo sorprendente para nosotros y posiblemente eso nos haya ayudado en ocasiones a hacer planteamientos más directos, resultado de una reflexión desprejuiciada… en otras ocasiones nos ha podido alejar de la eficacia. Pasados los años no parece que sea algo determinante pensar que “de tal palo”… Nuestros hijos están interesados también en esta forma de estar en el mundo y podrán deciros cómo les está influyendo nuestro camino”.

Así, en esa elección profesional, el “conocer personalmente a maestros durante el periodo de formación es fundamental. No es necesario haber sido alumno suyo, es suficiente buscar un encuentro para sentir su criterio, su posicionamiento y actitud principalmente frente a lo que él mismo ha hecho. Esas verdades te ayudan a construir tu propia ética y por tanto definen el pensamiento que irá guiando tus procesos. Son encuentros iniciáticos, y siempre marca la primera vez que te sumerges en la obra de uno de ellos. No es suficiente estudiar arquitectura; lo que realmente imprime un camino es posicionarte tras haberla experimentado. Por eso ahora dirigimos una metodología docente en el Taller Transversal del CEU basada precisamente en todo eso, intentando que participen pensadores de cualquier disciplina”.

Es por ello que, desde esa perspectiva de la arquitectura como experimentación y posicionamiento ético, al ser preguntados por los valores y cualidades que se necesitan para lograr la excelencia, Rubén Picado y María José de Blas declaran: “No tenemos claro que la hayamos alcanzado en algún momento; somos muy autocríticos y conscientes de lo difícil que es esto. La afición por la arquitectura debe crecer contigo. En el momento en que no te interese cómo afecta al ciudadano todo lo que estás planteando relacionado con el espacio o la materia, o en cuanto seas consciente de que el tiempo y la eficacia de tu trabajo están por encima de los intereses que le son propios al objetivo, es cuando hay que dejarlo. Por eso ‘la profesionalidad’ en muchas ocasiones puede ser el enemigo de la buena arquitectura, porque tiende a sobrevalorar la eficacia… olvidando en ocasiones lo que le afecta más al ser humano”.

La arquitectura es por tanto una forma de humanismo y es ahí donde entran en juego la docencia y la activación cultural. “La docencia forma parte de nuestra forma de vida, siempre implicada con lo que se desarrolla en el estudio, lo que nos ha llevado a conocer muchas universidades y diversos puntos de vista. Otro ámbito que nos ha atraído mucho es el de la activación cultural, habiendo participado como comisarios de ciclos de exposiciones, talleres, congresos… este plano es en el que más libremente puede ser transversal el conocimiento con otros ámbitos, otras artes, ciencias o filosofías”.

Otro ámbito importante de reflexión es la manera de trabajar, la interrelación con los otros y el equilibrio entre la labor individual y la colaboración. “Seguramente es muy común escuchar que el trabajo en equipo es fundamental, porque realmente lo es en su proceso. Pero toda persona que tiene que ‘hacer algo’, necesita un tiempo donde personalmente tome decisiones. Decidir es prescindir y es lo que constantemente se hace en los procesos de diseño. La intuición es personal y se trata de la herramienta más potente que tenemos. Casi automáticamente, las intuiciones se ponen en común y se decide de nuevo cuál es el camino aparentemente más apropiado. Este hábito de ida y vuelta es el importante, el de ir siendo consciente de las consecuencias de cada decisión para no perder el norte. Tenemos que aprender a caminar con dudas y sacar partido al error. Estos procesos son complejos, precisamente porque actúan muchas personas. Eso es lo más enriquecedor, el ver como parte de lo que piensas afecta al ecosistema. La arquitectura, si se mira como una industria, desde su concepción hasta su uso, está especialmente implicada con múltiples capas sociales y el arquitecto es el actor que participa en alguna medida en todas. Por eso, no es ético desplazar el interés de la producción de un arquitecto hacia manierismos personales”.

“Hoy es necesario incorporar a la genética del proceso un pensamiento ecológico. No es algo novedoso; muchos maestros ya lo han hecho y en ocasiones nos quedamos solo con la forma, pero hay que hacer el esfuerzo de contextualizar ese pensamiento día a día. El mundo cambia muy deprisa y por su formación, la mediación del arquitecto en éste ámbito ecológico es muy valiosa. Incluso hay una falta de cuidado por las cosas muy generalizada, no creamos que se acaba el proceso en la entrega de una obra; es necesario hacer partícipe al ciudadano en la responsabilidad del cuidado, de “cómo se usa”, para que aquello sea realmente sostenible. El ejercicio de ver lo que se ha construido pasados 10 años es muy didáctico”.

Y respecto a las personas que más les han influido, las definen como aquellas “que más confianza depositan en ti. La solución de los proyectos está en el análisis y síntesis del problema, el cual generalmente viene dado. Cuanto mejor esté planteado el problema, más certera será la solución. No hay nada peor que la desconfianza en esta relación. Otra influencia fundamental en todos los proyectos son los oficios, la técnica. La ejecución de un diseño está tamizada siempre por ellos y la relación ha de ser también de confianza”.

María José de Blas y Rubén Picado, ambos arquitectos por la Escuela de Madrid ETSAM en 1990, fundaron su estudio Picado-de Blas Arquitectos en Madrid en 1991, dedicándose tanto a obra pública como a proyectos privados. A la vez, María José de Blas inició su andadura en la docencia en 1990, tras un posgrado en la universidad Kings Manor (York) de Restauración de Parques y Jardines Históricos. Rubén Picado, por su parte, empezó en el año 2002, dando dos años de clases en el IEDesign y cinco en la Universidad Europea de Madrid. En la actualidad ambos imparten conferencias, masters y cursos en otras universidades e instituciones nacionales e internacionales. Tras haber formado parte de la comisión de Cultura del COAM durante cinco años, siguen ejerciendo de comisarios y de diseñadores de multitud de exposiciones.

Además de haber sido seleccionados en la Bienal de Venecia y en la Bienal Española de Arquitectura, han recibido numerosos galardones, entre los que destacan el premio Saloni de Arquitectura 2009, el premio FAD de Interiorismo 2012 y los premios Enor 2007 y Nacional de la Piedra 2008 por el Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial.

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